Solar Cubillas, Luis V., Nazismo y deporte. Los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936, Citius, Altius, Fortius, vol. 4, núm. 1, Bilbao, 2011, pp. 73–106.
Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 constituyen uno de los episodios más complejos y controvertidos en la historia del deporte moderno. Concebidos originalmente como una celebración internacional del ideal olímpico de fraternidad, competencia pacífica y superación humana, estos juegos terminaron convirtiéndose en una de las más eficaces herramientas de propaganda del régimen nazi. En ellos confluyeron deporte, política, ideología y poder, revelando hasta qué punto un evento aparentemente neutral podía ser instrumentalizado por un estado totalitario.
La designación de Berlín como sede de los Juegos olímpicos de la XI olimpiada ocurrió en 1931, cuando Alemania aún era una república democrática bajo el régimen de Weimar. El comité olímpico internacional otorgó la sede a la capital alemana como un gesto de reintegración internacional tras la exclusión de Alemania de los juegos posteriores a la primera guerra mundial, en ese momento, nada hacía prever que pocos años después, el país estaría gobernado por Adolf Hitler y el partido nacionalsocialista. El ascenso de Hitler al poder en enero de 1933 transformó por completo el contexto político en el que se desarrollarían los juegos. Al principio el nuevo régimen mostró poco interés por el deporte competitivo al que consideraba una práctica de origen anglosajón contraria a la tradición gimnástica alemana. Sin embargo figuras clave como Joseph Goebbels comprendieron rápidamente el enorme potencial propagandístico de los juegos olímpicos y que el evento ofrecía una oportunidad única para presentar al mundo una imagen de una Alemania moderna, ordenada, pacífica y poderosa ocultando la violencia, la represión política y el racismo estructural del régimen.


La organización de los juegos fue monumental, el régimen nazi invirtió enormes recursos económicos y técnicos para convertir a Berlín en el epicentro del mundo durante el verano de 1936. Se construyó el estadio olímpico, se modernizaron infraestructuras y se introdujeron innovaciones inéditas, como la retransmisión televisiva experimental y la cobertura radiofónica a gran escala, se instauró por primera vez el relevo de la antorcha olímpica desde Olimpia hasta la sede de los juegos, una tradición que perdura hasta la actualidad y que fue diseñada con una fuerte carga simbólica para vincular la Alemania nazi con la grandeza de la antigüedad clásica. Los juegos se celebraron del 1 al 16 de agosto de 1936 y contaron con la participación de más de cuatro mil atletas provenientes de 49 países. El programa deportivo fue amplio y ambicioso, con competencias en atletismo, natación, gimnasia, boxeo, fútbol, ciclismo, remo, lucha, esgrima y equitación, entre otras disciplinas. Alemania buscaba no solo impresionar al mundo con su capacidad organizativa, sino también demostrar una supuesta superioridad física y atlética que sustentara su ideología racial.
El atletismo fue sin duda el centro de atención de los juegos aquí fue donde emergió la figura más icónica de Berlín 1936: Jesse Owens, atleta afroamericano de Estados Unidos. Owens logró una hazaña histórica al obtener cuatro medallas de oro en los 100 metros planos, 200 metros planos, salto de longitud y relevo 4×100 metros. Su actuación fue excepcional no solo por resultados sino por el contexto de que un atleta de color había triunfando repetidamente frente a Adolf Hitler y ante un estadio lleno de símbolos del nazismo. Es muy conocido el memorable momento que fue la final de salto de longitud, donde Owens compitió contra el alemán Luz Long, uno de los favoritos del público local, contra todo pronóstico ideológico ambos atletas protagonizaron un ejemplo de deportividad pues Long aconsejó a Owens ajustar su despegue tras dos saltos nulos, lo que permitió al estadounidense clasificar y finalmente ganar la prueba. Owens venció con un salto de 8.06 metros, mientras Long obtuvo la plata. Este gesto de amistad entre ambos se convirtió en uno de los símbolos más poderosos del deporte y como este puede atravesar cualquier barrera ideológica.

Podemos decir que Berlín 1936 puede interpretarse como un conflicto indirecto en cuanto a ideas y naciones, en la medida en que fomentó una ilusión de cooperación internacional y de estabilidad. Pero esta aparente normalidad también tuvo un efecto contraproducente al fortalecer la posición diplomática y simbólica de Alemania, los juegos contribuyeron a retrasar una respuesta más firme frente a las políticas expansionistas y militaristas del nazismo, así el deporte funcionó así como una paz simbólica que ocultó tensiones profundas y permitiendo que el régimen consolidara su poder antes del estallido de la segunda guerra mundial.